La economía del deporte constituye un área relativamente
nueva de investigación. Con el transcurso del tiempo, el deporte ha pasado de
ser una simple manifestación social, destinada a la contemplación y práctica de
actividades recreativas en busca de un cierto entretenimiento o satisfacción
personal, a ser considerado como un bien, cuya producción, consumo,
financiación y gestión responde a criterios de racionalidad económica, y como un
instrumento más de empleo de recursos humanos. Su vinculación con la economía y
la de ésta con aquél se han intensificado.
No obstante, hay un gran desconocimiento y son numerosos los
problemas que es preciso superar cuando se intenta proceder a la estimación de
sus repercusiones económicas y, consecuentemente, sociales. La imprecisión
conceptual reinante, la ausencia generalizada de estadísticas fiables y
sistemáticas, primarias o secundarias, junto a la amplitud de su campo de
análisis son, sin duda, algunos de los factores que contribuyen a ello. En
términos generales, puede afirmarse que existen dos modelos de deporte en las
sociedades occidentales, europeo y americano.
La concepción europea, en cambio, lo identifica con todo
tipo de actividades físicas, que mediante una participación organizada o de
otro tipo, tenga por finalidad la expresión o la mejora del estado físico o
psíquico, el desarrollo de las relaciones sociales o el provecho de resultados
en pugnas deportivas. Con el devenir de los años, el deporte moderno (apoyado,
tradicionalmente, en organizaciones, competiciones, selecciones, mediciones,
afiliaciones) se ha ido articulando en torno a dos tendencias o realidades bien
distintas:
Consecuentemente las acciones deportivas se han ido
sujetando a los dos grandes tipos de deporte5 a que ha dado lugar la referida
bipolarización: profesional y de alta competición, por un lado, y amateur, por
otro. En las primeras, los individuos emplean su tiempo libre como espectadores
de un evento o como practicantes. En las segundas, como practicantes o
deportistas, fundamentalmente. Ambas generan, por tanto, una demanda expresa
(la de los que participan en ellas) y no expresa (la de los que no hacen),
pudiéndose subdividir esta última en la de los que potencialmente pueden
participar en las referidas actividades y en la de los que no.
Por otra parte, el deporte se ha convertido en uno de los
fenómenos sociales con mayor arraigo, capacidad de movilización y de
convocatoria. Paralelamente, ha ido adquiriendo un creciente protagonismo a
través de los medios de comunicación o los movimientos de apuestas y todo tipo
de juegos de azar que alimenta.
Evaluar su incidencia económica constituye una labor
compleja y una tarea nada fácil, tanto por la falta de rigor y precisión
conceptual existente al respecto, como por la abundancia de los flujos reales y
financieros reflejados en el apartado anterior. Por ello, resulta necesario
precisar, en la medida de lo posible, qué intenta medir, con qué instrumentos
cuenta y cómo proceder a la cuantificación de su impacto sobre el desarrollo
económico.
Identificados los efectos del deporte sobre la actividad
económica del área objeto de estudio, se traza a continuación el problema de
proceder a su cuantificación. las conexiones del deporte con el resto de la
economía) o catalíticos (originados por el arrastre de gastos del sector
privado que se derivan de una inyección monetaria al deporte procedente de la
Administración) recurriendo, para ello, al empleo de los llamados
multiplicadores.

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